Mostrando entradas con la etiqueta Urbanidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Urbanidad. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de agosto de 2011

LA TERRAZA DEL VECINO.


Pues sí, esa estupenda terraza que colinda con la tuya.

Resulta que tú vives todo el año en la playa, en una casa con una terraza que puedes disfrutar todo el año.

En un lugar donde sueles estar solo, con poquísima gente, y te gusta justamente por la paz, por el silencio... pero llega el verano y todo eso se vuelve contra ti y comienzas a pagar la penitencia por tener tanta suerte durante la mayor parte del año.

Tu casa deja de ser tranquila, y los veraneantes vienen a vivir a tu terraza. Vienen a disfrutar, a pasarlo bien esos pocos días que la opresión laboral les permite, de modo que desean aprovechar cada uno de los minutos de su estancia en esa casa de playa que han alquilado por una obscena cantidad de euros, y que deben rentabilizar con la presencia del mayor número de amigos o familia posible para que el prorrateo sea llevadero.

Su presencia no suele coincidir con tus vacaciones, porque tú, al vivir allí todo el año, entiendes las vacaciones de otra manera. De modo que lo más probable es que tú sigas trabajando en un horario laboral que no suele coincidir con su organización diaria, tanto diurna como nocturna.

A la hora que tú desayunas, ellos duermen. A la hora que tú comes, ellos están en la playa. Cuando tú quieres echar un sueñecito, ellos se comen la paella pidiendo en voz innecesariamente alta un poco más de sangría. Cuando tú tienes que volver al trabajo, ellos sestean plácidamente o se toman el café entre alabanzas a los helados, a la horchata y fartons merendables o al agua de cebada.

Cuando vuelves por la noche, y a las 12 decides que es hora de acostarse porque tienes que volver a madrugar, ellos cenan entre risas y voceríos comentando lo bien que lo han pasado durante el día y decidiendo la hora en la que irán al día siguiente a la playa, llegando a la conclusión de que, como van a trasnochar, mejor dejarlo al azar y celebrar las vacaciones bajando a ver la luna reflejada en el mar mientras se toman unos mojitos en el chiringuito. Cuando tú estás en plena fase rem o ram o sencillamente durmiendo en la gloria, ellos vuelven del chiringuito ruidosamente montando y arrastrando las colchonetas y camas plegables que necesitan para dormir todos.

Y tú no sabes si doblar el aislamiento climalit, sedarte con un golpe de sartén en la cabeza, ponerte a llorar o volverte tan escandaloso e irrespetuoso con la paz ajena como ellos y salir a la terraza gritando "que se callen, connniooooo!!!!!" o haciendo gala de tu exquisita educación, ejercitar tu tantra y desearles desde tu fuero interno más positivo que disfruten de sus vacaciones ellos que las tienen y perdonarles todas las molestias que te están causando, incluido el que engatusen maliciosamente y le den cosas indebidas de comer a tu gato y le provoquen alteraciones intestinales que se unan a las nerviosas que te hacen padecer a ti.

En fin, el verano e-asín o yo me estoy haciendo mayor y gruñona.

¡¡¡Peace&Love!!!



lunes, 18 de abril de 2011

DESESPERO EN LA SALA DE ESPERA.

He estado enferma los últimos días, nada importante, pero lo suficiente para tener que ir al médico. La seguridad social ha mejorado muchísimo, creo que no podemos dudarlo. Y en sus instalaciones, mucho también, y en sus funcionarios ha habido un cambio a mejor. Me pregunto si los usuarios también hemos mejorado.

Había carteles avisadores por todas partes: Silencio, apaguen el móvil, respete el turno y el espacio, coja su número, prepare su sip y su dni, etc. etc. Cuando llegué, mi turno era el 77, mientras que en la pantalla aparecía un frustrante 16. Unas 50 personas nos acumulábamos en el hall, frente a un mostrador con 3 funcionarias que atendían con la rapidez directamente relacionada con el asunto.

El teléfono sonaba y sonaba, ese mismo al que he llamado tantísimas veces para pedir número y que nadie cogía... ahora sé por qué.

Me gusta observar el comportamiento de la gente. Y en vista del rato que me quedaba de estar allí, busqué un lugar con perspectiva que apareció junto a uno de los pilares retrasados y allí me apoyé ligeramente.

El mostrador estaba repleto, muchas personas muy cerca de sí mismas y del mostrador. La intimidad de los asuntos por lo tanto no existía, e incluso algunos se permitían comentar el tema ajeno metiéndose en la conversación (unas veces más y otras menos airada) del paciente y la administrativo, mientras pisaba los restos del adhesivo donde parece que en algún momento señalaba una distancia a guardar del mostrador.

Apareció una abuela, empujando un carrito de niño y con el indicado niño de la otra mano. El niño a su vez llevaba un inseguro zumo en su mano libre, que goteaba por el suelo a cada bamboleo señalando su rumbo cual garbancito del cuento, cosa que no parecía preocupar en absoluto a la abuela, más preocupada por abrirse camino hacia el mostrador atropellando literalmente con el carrito al resto de pacientes. Al mismo tiempo, con voz deliberadamente alta, alegaba fiebre alta del niño que se había levantado vomitando, y se quejaba de que hubieran anulado las urgencias infantiles. No estaba dispuesta a esperar su turno en compasivo gesto hacia el nieto. Justificaba la gravedad de su estado y la prisa que tenía, pues desde las 7 de la mañana que el niño tuvo fiebre alta no había podido ir al centro de salud y claro, ahora ya era la 13.30 y tenía prisa porque su hijo llegaba de trabajar y tenía que ponerle la comida... ¿? Y esta angustiada abuela, ¿qué había hecho desde la alta fiebre de las 7 hasta la una del mediodía? Y claro, nadie la creía, con lo cual comenzó una discusión besuguiana interminable.

Un calor repentino e intermitente me sacudió la nuca. Alguien tosía a mi espalda dejando volar libremente sus virus y yo me los imaginaba haciendo un halo a mi alrededor, pugnando por entrar en mi interior por cualquier sitio disponible... Al segundo ataque a mi nuca me volví, lo reconozco, con muy mala uva, pero fue peor, porque al hacerlo el ataque masivo me dió de lleno en la cara sin ninguna piedad. Incluso creo que pude ver algún microbio sacudiendo un pañuelito y despidiéndose de su anterior dueño, un señor con aspecto descuidado que al ver mi cara de reproche, sacó un pañuelo de tela de su bolsillo y lo pasó por su boca  y, efectivamente, la visión del estado del pañuelo fué mucho peor que lo anterior...

Huí de ese puesto de vigilancia y me retiré a un lado, en la esquina junto a la escalera, donde terminan los asientos de espera.

Allí, en el penúltimo asiento, había una niña, de unos 9 ó 10 años, regordeta, con aspecto de valla publicitaria. Camiseta de Hanna Montana, pantalones de Nike, zapatillas de Barbie, cartera colegial de Princesas Disney, diadema de la Bella Durmiente y múltiples pulseritas de silicona, que a malas penas tapaban unas calcamonías ya imposibles de identificar. La niña mascaba chicle, hacía pompas todo lo grandes posible hasta que le explotaban sonoramente entre la nariz y la boca. A la cuarta o quinta vez, se oyó una voz, todavía más sonora y potente que dijo "¡¡¡ niñaaaaaaaaaaaaaaaa tate quieta o te tragas el puto chicle !!!". La voz provenía de un abuelo, supuestamente de la niña, con un cayado de punta metálica con el que no paraba de dar golpecitos impacientes en el suelo, y un jersey que cubría una gran tripa más llamativa por las manchas que mostraba que por su tamaño. La niña, escupiendo el chicle directamente sobre el zapato de la señora de al lado, y en el mismo volumen que su abuelo le contestó "¡¡¡ yayo es que maburro !!!.

Como 3 ó 4 personas más allá, había una señora muy estilosa, con largas uñas decoradas, que rebuscaba en un bolso-maleta con claras muestras de nerviosismo. De repente su gesto encogido se transformó en relajado, y sacó un paquete de tabaco, un mechero y la tarjeta SIP. Se puso un cigarro en la boca, sin encenderlo, y aspiró. ¿?

Podría seguir... pero no hace falta. Pensé en mis cosas y recordé a mi primer jefe, un hombre muy especial del que algún día contaré algo, y que un día de agosto con calor insoportable, entró en el despacho, y dijo "qué barbaridad, he subido en el ascensor con el portero, y olía a sudor maloliente, insoportable, y digo yo que se puede ser pobre, pero no guarro... caramba, que una pastilla de jabón lagarto vale 10 pesetas!!"

Y esta frase, tan al límite de muchas filosofías de dudosa aprobación, me pareció bastante apropiada para aplicarla a la sala de espera. Y me alegré mucho de poder trabajar con los niños de los colegios, donde he visto muchos como la niña-anuncio, y contribuir modestamente a que al menos los míos, sepan que los pañuelos deben estar limpios y usarse delante de la boca cuando tosemos, que no hay que colarse en las colas, que se ha de tener cuidado en no manchar los espacios comunes y públicos, que no se han de tirar los chicles al suelo, que no se ha de gritar en espacios cerrados y compartidos... en fin, una serie de pequeñas cosas que ayudan a la convivencia y sobre todo, a hacer más gratas las esperas, y no más desesperantes...

lunes, 24 de enero de 2011

PROTOCOLO: INCONGRUENCIAS Y CONTRADICCIONES.


Resulta que el protocolo nos agobia, nos aburre, nos martiriza, nos encorseta, nos presiona, nos incomoda, nos desespera. Frases como el protocolo es para pijos ricos es algo habitual que escucho ya, a estas alturas, con el mismo aburrimiento que me produce Carmen Lomana. Pero que nadie piense que esta señora es así de envarada por practicar exhaustivamente las cuadriculadas normas del protocolo que la obligan a parecer que se ha tragado un cazo. Bañado en oro, seguramente, pero cazo al fin y al cabo. Pues no, su rigidez y plana expresividad se deben a otras cosas que tienen más que ver con cuestiones de cirugías y bisturís.

El caso es que al decir que el protocolo es para pijos ricos, en realidad quiero pensar que lo que subyace es que erróneamente, relacionan el protocolo con la cursilería, con el engolamiento y con el querer aparentar un estilo o elegancia, que al no existir realmente, acaba resultando patético y ridículo.

Otra asociación errónea llega de atribuir al protocolo una conexión inquebrantable con el lujo y la ostentación. 

Ambas cosas son absolutamente falsas. Cursi es aquel que quiere aparentar lo que no es. Cursi es aquel que adopta de forma artificial expresiones, gestos o comportamientos que de ninguna manera tiene integrados. Es el dedo meñique alzado, la confusión del bacalao con el bacalado. Creo que todos sabemos a qué me refiero.

Y ciertamente, si el desdén, y a veces incluso desprecio y sorna, que muestran algunas personas cuando se refieren al protocolo, estuviera basado en un conocimiento real de lo que están hablando, no me explico cómo no le ponen una querella al protocolo por amargarles la vida. Y otra a Carmen Lomana por querer convencer a chonis, poligoneras,  frikis y a tí y a mí, que naturalmente no somos nada de eso, de que sólo se puede ser exquisitamente educada si tus zapatos te han costado más de 600 €.

Si estas personas tuvieran, al menos, la inquietud de mirar la definición de protocolo que da la Real Academia de la Lengua, se le aclararían algunas cosas fundamentales. Básicamente, el protocolo no tiene que ver con la educación, sino con el orden. 

Ordenar las cosas de la vida para que se desarrollen de la forma más eficaz y sencilla posible, y alcanzando el mejor resultado en función de para qué han sido ordenadas. Esto es protocolo. Protocolizan los notarios, los médicos, las naciones... con el fin de ponerse de acuerdo en el mejor procedimiento para conseguir un resultado óptimo. Y protocolizan los organizadores de eventos, de ceremonias, de congresos... protocolizas tú cuando siendo maestro decides en qué orden van a colocarse los niños para entrar a clase, y protocolizas también cuando organizas tus actividades de la semana. Y nos hemos inventado algo que se llama "social" porque el protocolo inicialmente solo contemplaba actuaciones de carácter institucional y muy formal.

Así que, dedicarse al protocolo, no significa pasarse el día dando manotazos a la gente porque no coja bien la cuchara. A eso, y sin dar manotazos, se le llama Educación Social. Digamos que es aplicar los fundamentos básicos de las relaciones humanas partiendo de las características propias del entorno. La educación, la cortesía, la amabilidad, la empatía, el respeto, la paciencia, la templanza... son cualidades que facilitan el trato y hacen la vida mucho más agradable para todos. Y eso, no implica solo el usar bien los cubiertos, o saber presentarse en una reunión, o saber expresarse con naturalidad. También implica, y muchísimo más, una cualidad escasa: la humildad. 

Haz este experimento: pregunta a 3 personas de tu alrededor si le dan importancia a comportarse adecuadamente, a los modales y a la cortesía. Pregúntales después si creen que esas actitudes, al ser practicadas, les benefician o perjudican. 

Me atrevo a afirmar que todas dirían "" rotundamente y sin vacilar. Y ahora hazles la última pregunta: ¿Crees necesario formarte en ello?. Y aquí viene la cara de sorpresa y la dubitación. Pues esta es la incongruencia y la contradicción. Resulta que considerando estas cualidades como fundamentales para nuestro desarrollo integral como personas y trabajadores, dudamos sobre si hemos de perfeccionarlas. 

¡Cuántas caras de sorpresa he visto al descubrir cuál es la forma correcta de hacer una presentación o de estrechar la mano! ¡Y cuántas veces he oído decir ¿no tiene padres ese maleducado?!

Y aquí estamos dedicando más horas al inglés, a la informática, al paddel, al futbito, o a la inteligencia emocional, y quejándonos de la pérdida de valores y de la desidia, indiferencia o agresividad en la que parece que se mueven nuestros niños y jóvenes.

Pues bien, yo creo que estoy en una de las últimas generaciones encontradas, que creció con límites y esfuerzo personal, que aprendió el valor de las cosas y lo que cuesta alcanzarlas, y sin ninguna dificultad para diferenciar el bien del mal. Tras la mía, como parece que la evolución de la sociedad lo atestigua, han llegado las generaciones perdidas, en las que nos hemos ido degradando hasta llegar a los límites insostenibles en los que los seres humanos comenzamos a echar de menos lo que perdimos. Es decir, lo que acabo de decir entre "que creció con límites" y "el bien y el mal".

Así que esperemos que por la propia naturaleza del ser humano, que se inventa los cubiertos para demostrar su evolución pero que hoy día certeramente los desecha para degustar el jamón serrano y recordar el placer de comer con las manos, estemos en el punto en el que comenzamos a avanzar hacia el pasado, con la inteligencia suficiente para recuperar lo que nos fue bien y nos hizo mejores personas. 

E insisto, me querellaré por insultos a mi inteligencia como vuelva a oír lo de pijos ricos.

lunes, 22 de noviembre de 2010

LOS BYB (BÚFALOS Y BISONTES) EN EL TRABAJO.

Búfalo Bill debería haberse llamado en realidad Bisonte Bill. Cuando los colonos llegaron a América, se encontraron con una bestia parecida a los búfalos, y con esa osadía que da la ignorancia y la prisa, decidieron llamarlos así. Pero en realidad eran bisontes. 
 
El problema radica en que el búfalo cafre (syncerus caffer) habita originariamente en África y el búfalo indio (bubalus bubalis arnee) lo hace tranquilamente en Asia. Pero el auténtico bisonte (bison bison) vive y pasta también tranquilamente en América del Norte.
 
Ambos, búfalos y bisontes son parientes, de la misma familia, la bovidae, que incluye a más de 100 especies de mamíferos con pezuñas, entre los que están sus primos hermanos los antílopes, las gacelas, el ganado vacuno, las ovejas y las cabras.

Así que venimos a deducir que búfalos y bisontes, a la vista de los colonos americanos, eran la misma cosa pues se parecían muchísimo. Sin embargo, hay unas diferencias sustanciales entre ellos, que apreciaríamos inmediatamente si los tuviéramos juntos delante de nosotros.

El búfalo cafre es básicamente holgazán. Pasta por las praderas y sabanas africanas y sobre la cabeza lleva como un escudo del que le brotan los cuernos.

Pero para cuernos, los del búfalo indio. De tamaño descomunal, forman como una luna creciente sobre su cabeza y entre sus puntas puede haber una distancia de hasta 180 centímetros. Pero al contrario de otros cuernos, los del búfalo indio no son sólo para que se vean bien y clavarlos a quien le ataque, puesto que, como habita en los pantanos, los usa mucho más para recoger el lodo y echárselo a la espalda.

¿Y esto qué tiene que ver con este blog dedicado al protocolo, el saber ser y el saber estar?
Pues que si miramos a nuestro alrededor, todos, (y especialmente en algunos lugares de trabajo), nos encontramos con búfalos cafres que no pegan ni golpe y su escaqueo lo disfrazan de agotadoras sesiones de trabajo, que describen como polifuncionales, pues su entrega y dedicación les hace exultantemente responsables, pero que, a la hora de hacer las operaciones matemáticas que debieran demostrar tal capacidad sin límites, el resultado da =casi cero. Es decir, pastan sobre el trabajo y se esconden bajo su escudo protector sacando sólo los cuernos a quien ose hacerles interpelación o alegue no encontrarlos nunca donde dicen que anduvieron.

Los búfalos indios son también muy comunes. Tienen tanta capacidad de echarse lodo a la espalda sin inmutarse, que necesitan que sus cuernos estén muy separados para que les quepan los fardos entre ellos.

Y por supuesto, están las gacelas, esas que andan de puntillas sobre sus pezuñas y tienen una habilidad insultante para escabullirse de cualquier marrón con inusitada velocidad. De los antílopes, sólo diré que tienen los cuernos huecos…

Y nos queda el ganado vacuno, las ovejas y las cabras. No añadiré descripciones porque seguro que a usted le acaba de venir alguien a la cabeza…

Pues para lidiar con estos bovidaes, es necesaria una templanza, gallardía y paciencia extraordinarias. Los bovidaes sirven para educar nuestro carácter, hacernos hombres y mujeres, amaestrar nuestra ira y por eso, hemos de contemplarlos como seres necesarios para poder medir los límites entre lo positivo y lo negativo. Es decir, colaboran activamente en el entrenamiento del autocontrol, del saber ser y del saber estar.

Es importante que, si te los encuentras cara a cara, nunca bajes los ojos. Has de mirarlos fijamente a los suyos y cual Bush padre en campaña electoral, señalando tu boca con tu índice, dirás pausadamente, “read my lips: no more taxes”. O lo que es lo mismo en este caso y aplicado a la circunstancia, “lee mis labios: no me engañas”. 
 

miércoles, 17 de noviembre de 2010

LOS VENDEDORES A DOMICILIO.

¿Cómo deshacerse del vendedor a domicilio sin ser maleducado? No suelo abrir pero cuando te pilland esprevenido, me corta dar portazo pero se enrollan y no hay manera. Gracias.

Hola. Verdaderamente, es incómodo recibir ofertas que no has pedido, y que sea además en tu propia casa.

Dependerá de qué clase de oferta sea. Hay algunas que tenemos clarísimo que no van a entender un "no" por respuesta y seguirán hablando sin parar para enredarnos o al menos, entretenernos. Escuchar el primer minuto de exposición es cortés, aunque desde el segundo 0 tengamos claro que no nos interesa.

Un "disculpe, pero no me interesa, lo siento. Buenos días." y hacer un ademán firme de cerrar la puerta, y hacerlo, bastará.

Otras veces un "gracias, pero ya tengo ese servicio y estoy satisfecho, disculpe pero estaba descansando". Y un irrefutable "no lo necesito" tampoco da mal resultado.

Mentir puede estar disculpado, pero tiene que ser convincente. "Estamos todos en el paro" dará resultado si el entorno no es escandalosamente contrario a esa afirmación. Invertarse un cuñado que trabaja en eso no suele fallar, si tenemos claro que pueden continuar preguntándonos en qué empresa y forzar otra respuesta.

Hagamos lo que hagamos, lo importante es que tengamos en cuenta que delante de nosotros hay en la mayoría de los casos, una persona, un ser humano que intenta ganarse la vida; que no es agradable ni cómodo patearse calle tras calle o puerta tras puerta repitiendo una y otra vez los mismos argumentos y escuchando respuestas de todo tipo, y que su intención no es fastidiarnos sino llevar dinero a su casa.

Puede que no, y que intuyamos que es una tomadura de pelo. En cualquier caso, no tenemos por qué perder la compostura o los buenos modales, basta con no dejarnos engañar.

Y si alguien ha llegado a nuestra puerta sin que viva en el edificio, o en la urbanización, hay que preocuparse del porqué esa persona pudo acceder a su interior, y ponerlo en conocimiento de los vecinos para que se corrijan los probables descuidos que desgraciadamente, pueden traer desagradables consecuencias.

Educado sí, confiado no...

miércoles, 3 de noviembre de 2010

LOS POLÍTICOS Y LAS CUALIDADES PARA SERLO.

A mí los protocolos no me van. ¡La de veces que he oído esta frase! Y puedo afirmar y afirmo –emulando al querido Duque de Suárez en su etapa de Presidente- que siempre procede de personas que tienen una idea equivocada de qué es protocolo. Y sinceramente, me molesta. 

El protocolo es la manera de ordenar los actos de la vida para que resulten más eficaces y agradables, y en consenso con el entorno. Punto. Nada más. Y ahí entra la rutina diaria de aseo cuando nos levantamos, nada más eficaz y agradable hecho con el debido orden; pasando por el dígame cuando descolgamos el teléfono o la elaboración de un proyecto urbanístico, y llegando hasta la organización de un congreso internacional. Los actos separados van in crescendo hasta conjugarse de manera armoniosa y hacernos alcanzar el fin que pretendíamos con el equilibrio debido y el resultado esperado.

Si eso lo trasladamos al comportamiento personal, añadimos conceptos menos técnicos pero sí mucho más humanos:  

La urbanidad, que es el conjunto de reglas escritas o no escritas de las que se dota la sociedad para regular las relaciones entre sus individuos.

La cortesía, que es la demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene una persona a otra.

Urbanidad y cortesía, pilares en el trato con los demás que se podrían enmarcar  a su vez en dos consideraciones esenciales como son las cualidades personales que uno tiene y las formas con las que nos comunicamos con los demás.

¿Cuáles son esas cualidades y esas formas que ayudan al trato social?: 

Integridad, que denota la rectitud e intachabilidad en el comportamiento.
Generosidad, es la oposición al egoísmo y es el fruto de la bondad.
Honestidad, que implica la decencia, la justicia y la honradez.
Templanza, necesaria para saber controlarse y expresarse de forma adecuada, elegante y educada en situaciones tensas.
Humildad, que proporciona de forma vigilante el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades y la capacidad de reconocer los valores que poseen los demás.
Prudencia, evitando gestos o comentarios que puedan  molestar o resultar inoportunos.
Serenidad, permite acertar prudentemente en nuestro comportamiento.
Saber escuchar, importante para poder mantener una conversación.
Comprensión, facilita pasar por alto de manera elegante equivocaciones ajenas, sin darles demasiada trascendencia.
Discreción, cualidad que no tiene precio. Consiste en no revelar, a quien no se debe, asuntos que se conocen por la profesión o situación en la que uno se pueda encontrar, y es el pilar fundamental de la amistad.
Optimismo, actitud que en determinadas situaciones, hacen fácil y agradable el trato social.
Amabilidad, logra que las personas que tiene alrededor, se encuentren a gusto, encontrando las palabras oportunas.
Empatía, sentimiento o emoción que nos permite identificarnos mental y afectivamente con el otro.

Poniendo en práctica esas cualidades y esas formas, conseguiremos algo muy poco habitual: el destacarnos de forma que se nos tenga en cuenta, se nos respete y se desee nuestra presencia.

En resumen, el que seamos capaces de actuar con soltura en cada ocasión, el atender dignamente a las personas y estar a la altura de las circunstancias en los distintos tipos de relaciones, es algo que no se improvisa, que no se adquiere de la noche a la mañana, sino que se posee en esencia y se va desarrollando y perfeccionando a través de la vida.

La pregunta es ¿tienen nuestros políticos esas cualidades?. En los últimos meses hemos ido conociendo actitudes, comportamientos, conversaciones… en las que se evidencia el talante y el estilo de personalidades públicas, sean políticos o no. Y en el propio Facebook, convertido en un instrumento de cercanía con el ciudadano, estamos viendo el talante con el que algunos politiquillos tratan a los ciudadanos que les interpelan, así como la elegancia y disponibilidad permanente de otros.

Los políticos adaptan con frecuencia su comportamiento a la necesidad concreta en la que se encuentran. Eso en principio es bueno. Significa adaptabilidad, mano izquierda, y en muchas ocasiones, priorizar el bien general en lugar del particular. Y para eso, muchas veces han de bregar con verracos o impresentables sin que éstos perciban hostilidad. 

Es necesaria mucha inteligencia y templanza para permanecer impoluto en el mundo de la política. Y desgraciadamente, muchos de nuestros políticos no poseen ni una cosa ni la otra. Éstas se demuestran en el día a día y se consolidan a lo largo de una trayectoria personal y de trabajo.

Es mirando a largo plazo cuando sabemos si un político es lo que dijo ser. Y se puede grabar a fuego su honestidad cuando después de abandonar su cargo, se transforman en amigos aquellos ciudadanos a los que sirvió en su etapa pública. ¿Cuántos políticos son recordados con afecto y respeto por los ciudadanos después de esa etapa?

He conocido no muchos, pero sí los suficientes políticos para poder aseverar que de los que ahora tenemos, tal vez el 10% pasen a la categoría de “fue un buen…” El otro 80%, la única cualidad de la que pueden presumir es la de haber sido un aprovechado, que según la RAE aplicado a una persona significa que saca beneficio de las circunstancias que se le presentan favorables, normalmente sin escrúpulos y en provecho propio.

Como explica brillantemente Clara Gil, "lo único que distingue a un político de aspirante a electo es el jefe que tienes. A partir de ser elegido, tus jefes son todos los ciudadanos que te han elevado a tu acta de edil, a ellos les debes tu trabajo y tu trabajo es el de servirles a ellos. Compórtate, por lo tanto, con cada ciudadano con la humildad con la que se trata a un superior. Si tienes la responsabilidad de gestionar un área piensa que cada céntimo que gastas es el dinero de cada uno de los ciudadanos. Ten tu despacho abierto siempre, pues el Ayuntamiento es la casa del Pueblo y tú eres su representante, el nexo de unión entre la ciudadanía y el Estado.

Ya no te representas a ti mismo, estás representando a un Consistorio que trabaja bajo las directrices de un partido al servicio de los ciudadanos, con lo cual, no actúes por libre, sigue la estrategia elaborada por el equipo de gobierno y representa con orgullo los principios que te han llevado a aceptar el cargo.  Y ¡suerte!, a partir de ahora, debes tener templanza pues todos tus movimientos serán analizados, y como tu cargo no es de por vida, sigues siendo un candidato”.

Así que volviendo al principio, ¿qué políticos conocen de verdad qué es el protocolo?  ¿Han sido capaces de ordenar los actos de su vida para que resulten más eficaces y agradables, en consenso con el entorno? 

En Alicante los hay, yo conozco al menos a tres.

jueves, 21 de octubre de 2010

CONSEJOS BREVES PARA NO EQUIVOCARSE EN UNA COMIDA.




Hola. Pregunta de parte de mi contrario: Consejos cortos, fáciles, concretos y rapidos para no equivocarse en una comida de compromiso. Susi.

Además del comportamiento adecuado que nos va dictando el sentido común, resumo unos cuantos que pueden ser útiles en esas situaciones:


1. Antes de sentarte, ayuda a la señora de tu derecha, retirando la silla lo suficiente para que pueda acomodarse, sostenla suavemente permitiendo que sea ella quien la coloque en el lugar definitivo.

2. Siéntate, coge la servilleta y desplegándola suavemente colócala sobre una de tus piernas o sobre las dos, según su tamaño, con la abertura hacia tí.

3. Mantén tus manos sobre la mesa, apoyadas hacia la mitad del brazo. No te reclines hacia atrás, ni cruces los brazos, y menos rodees con uno de ellos el respaldo de tus vecinos.

4. Espera que se sirvan a todos antes de comenzar a comer salvo que se indique otra cosa.

5. Los ibéricos se cogen con el tenedor, y se parten sobre el plato con la ayuda del cuchillo quitándoles la piel si vienen con ella.

6. La carne de las almejas se pinchan con el tenedor, dejando la concha en el plato, frente a ti. Mientras no uses los cubiertos pero no hayas terminado de comer, sitúalos a los lados del plato, lo más paralelo posible a tu cuerpo. Cuando acabes, sitúa los cubiertos juntos, perpendiculares a ti, apoyados dentro del plato hasta la mitad de los mismos. No los dejes sobre el mantel ni apoyados mitad en el plato y mitad en el mantel. No los dejes sobre el bajoplato.

7. Si quieres mojar el pan, parte pequeños trozos, déjalos en el plato, y pínchalos con el tenedor, repitiendo la misma operación cada vez. No obstante, si lo evitas, mejor.

8. El pan se parte con las manos, suavemente por la mitad, sobre su plato haciendo la menor cantidad de migas posible.

9. No indiques al camarero que no quieres más bebida, ni pongas la mano tapando la copa. Si no la quieres, no te la bebas. Si quieres más, él te lo servirá sin que lo pidas.

10. No le pidas al camarero cerveza o refrescos para acompañar la cena si el anfitrión ha pedido un buen vino. Si no te gusta el vino, bebe agua.

11. La carne se trincha trozo a trozo, en un tamaño que quepa en la boca holgadamente.

12. No fumes entre plato y plato, ni al sentarte en la mesa. Espera a que los camareros pongan los ceniceros al café. Pide permiso a las personas de tus lados para fumar.

13. Si te da tos, tápate la boca con la servilleta y ladéate lo suficiente para no molestar a tus vecinos. Si te atragantas, levántate y vé al baño.
14. Límpiate los labios antes y después de beber, sin restregar.

15. No hables con la boca llena.

16. Si algún plato no te gusta, come al menos la mitad.

17. Apaga o silencia el móvil. No lo cojas como no sea algo que sepas que es urgente. En este caso, pide disculpas y vete de la mesa. A nadie le importan tus conversaciones privadas.

18. Estate atento a las necesidades de las señoras de tus lados (pasarles utensilios o bandejas de la mesa, ofrecerles bebida...)

19. No eleves el tono de voz, y no rías estruendosamente.

20. Cuando te sirvan el café, espera a estar seguro de que no te quemarás. Remueve el azúcar sin hacer ruido.

Veinte cosistas fáciles. Difícil será que hagas algo mal.

SALUDAR BIEN O MAL, NO HAY SECRETOS.

Muy sencillo. Sin entrar en argumentos, os presento un cuadro-resumen que habla por sí solo.


Fácil, ¿verdad?.

"RESERVADO CABALLEROS MUTILADOS".

Yo tenía unos 7 años cuando tuve contacto consciente por primera vez del concepto “urbanidad”, aunque entonces no lo supe. Fue en el autobús. Por aquel entonces al final de los autobuses urbanos habían dos asientos con un letrero atornillado al respaldo: “Reservado caballeros mutilados”.  Mi madre (seguramente por no tener otra opción) me había llevado con ella para hacer papeles por varios sitios en los que tuve que soportar casi dos horas de esperas, colas y la escucha de conversaciones que eran ininteligibles para mí, y por lo tanto aburridas y exasperantes. Esto, unido al estate quieta, no molestes, no corretees, no toques eso, no te tires al suelo, etc., me había llevado al límite de mi resistencia física y psíquica.

Cuando subimos al autobús, mis ojos recorrieron ávidamente el interior buscando un asiento libre para poder sentarme, sola o encima de mi madre.

Y lo había. En realidad, habían dos. Por supuesto no me cuestioné en absoluto la razón de cómo era posible que con tanta gente adulta de pie, esos asientos estuvieran libres. ¡Qué buena suerte! Así que mientras mi madre pagaba los billetes corrí hacía ellos como si hubiera hecho un descubrimiento importantísimo sólo para mis ojos, exclamando “¡aquí, mamá, aquí!”, y me senté en el primero poniendo mi pequeña mano en el asiento contiguo, con el afán de proteger el espacio para ella.

Mi madre sencillamente no se sentó. Su explicación fue una escueta pero tan firme frase que supe que no tenía que insistir: “¿Es que no has visto el letrero? cuando yo te lo diga te levantas”. Yo me volví y lo leí. Anticipándose a mis pensamientos (las madres casi siempre lo hacen, es otro misterio para los niños) me dijo “en casa te lo explico”.

Permaneció a mi lado, con actitud vigilante durante todo el trayecto, hasta que llegamos a casa. Afortunadamente para mí no tuve que levantarme. No volví a preguntar las razones de aquello, guiada quizá por ese instinto infantil que a los niños nos hace saber cuándo no merece la pena ahondar en cosas de adultos que no vamos a entender, y que además, en realidad nos importan poco.

A ella se le olvidó explicármelo en casa, y para mí aquél episodio dejó de tener interés casi inmediatamente. Poco tiempo después (o quizá mucho, los niños no tenemos conciencia del tiempo real), las monjas me revelaron el misterio.

LOS NIÑOS NO SON PERSONAS.

Para la mayoría de los padres y madres, los niños no son personas. Pasada la época de bebés (en que son irresistibles y se les consiente todo), parece que pasan a convertirse en trozos de mármol que hay esculpir. A nuestro gusto, claro está, y sin miramientos especiales. Muchos padres creen que su amor está por encima de todo, por supuesto, y no tienen en cuenta la condición del niño como sujeto individual, como prójimo. Y no se trata a los niños con la misma cortesía con que lo haríamos con otro adulto.

La coherencia entre lo que se piensa, se hace, y se dice, sin duda proporciona elegancia al individuo y genera respeto por parte de los demás.

Hoy día, en que yo misma soy madre, muchas veces me he encontrado en esa disyuntiva. Le gritas tú pero no quieres que el niño lo haga. Le previenes sobre el peligro de hablar con desconocidos, pero le pides que salude a extraños. Le alertas sobre los abusos sexuales, pero le obligas a besar a todo el mundo. Le exiges amabilidad y les das órdenes ... El equilibrio entre la realidad y lo deseable, la oportunidad de los comportamientos y su conformidad con el entorno, forman parte indiscutible del saber estar. La tolerancia con los errores y/o dificultades del otro es el mejor ejemplo de lo que es generosidad.

Si pretendes enseñar cortesía, hay que ser cortés. No se puede ordenar recoger los juguetes. No se puede abanderar generosidad y no ofrecer nuestra ayuda. No se pueden atropellar los tiempos que los niños miden de otra forma. Decir “recoge tus juguetes, por favor. ¿Quieres que te ayude?” es sin duda la mejor forma de instruir en la cortesía. Y si queremos que lo tenga hecho a las ocho, tendremos que empezar a pedírselo a las siete y media y recordárselo alguna vez más. Con el tiempo, esa media hora se irá reduciendo poco a poco.

Si quieres aleccionar sobre algo, debes ser humilde. Reconocer que no se sabe todo, y que nos equivocamos, es el primer antídoto para que no se nos reproche una ignorancia o una contradicción. Pedir perdón a nuestros hijos reconociendo que hemos hecho algo incorrecto, nos reviste de humanidad y proximidad, es decir, de sensibilidad.

La autenticidad es un complemento imprescindible. Una persona que pretende hacer gala de una urbanidad y cortesía artificiales y aprendidas, como quien monta a caballo sin saber hacerlo, no conseguirá más que aparecer como una patética imagen falsificada.

Coherencia, cortesía, amabilidad, delicadeza, respeto, corrección, autenticidad y tolerancia conforman, en definitiva, el saber estar, la urbanidad, que debe ser igual a persona. Y no se puede adquirir como conocimiento intelectual. Es un conjunto de objetivos y conceptos que se van difuminando convirtiéndose en parte de nuestra forma de ser, interiorizándolas de tal modo que dejamos de tener conciencia de ellas, haciéndonos imposible el actuar de otra manera.

Construir una sociedad en la que se conviva en armonía y confiadamente es una experiencia individual, un aprendizaje continuo, una concesión a las necesidades del otro y un control de las propias. Diría que es una buena excusa para usar a nuestros hijos como conejillos de indias, aunque sea por propia vanidad. Nada nos complace más que oír decir a los demás “que bien le han educado sus padres”. Esta es la recompensa que nunca mencionó la madre Joaquina María, a quien, a pesar de todo, recuerdo con gran cariño.

MONJAS, MODALES, ADULTOS E INCOHERENCIA.

Claudina Thevenet, fundadora de la
Congregación Jesús-María
En mis primeros años de colegio, con mis queridas "madres" de Jesús María, una vez a la semana teníamos clase de “buenos modales”. Nos la daba una monja uraña y tosca, nada cariñosa, que sentenciaba más que enseñaba. Las monjas eran lo más cercano a Dios, junto con el cura y el médico. Nunca había que cuestionarles nada, porque según ella misma decía, era de mala educación que los niños preguntaran.

Pero en aquella clase se aclararon los motivos y significado de aquel letrero. Me sentí extremadamente culpable por mi falta de urbanidad, y experimenté un sentimiento nuevo, que hoy sé que era el del ridículo. Lo había hecho por primera vez, delante de todo un autobús lleno de gente, que debió haber pensado de mí lo peor.

En aquellas clases la madre Joaquina María nos aleccionaba sobre lo que eran los buenos modales y la urbanidad. Ella decía que para ser una niña educada, había que ir siempre limpia y aseada de cuerpo y vestido, ser ordenadas en nuestras cosas, sonreír a los adultos, besarlos al saludar, dejarles pasar primero, quedarnos los últimos para todo. No teníamos que correr, gritar ni decir palabrotas. Debíamos pedir las cosas por favor y dar las gracias. Debíamos saber esperar, ser pacientes y no molestar a los adultos en sus quehaceres ni conversaciones. Teníamos que ayudar a nuestras madres en la casa, ofrecernos a ayudar a los ancianos, no pelearnos con los otros niños. Y sobre todo, ser solícitas, obedientes, y tener espíritu de sacrificio, ya que según ella, cuanto más nos costara hacer todo eso, mejores niñas seríamos y más mérito tendríamos. Y si no lo hacíamos, nadie querría nuestra compañía y no seríamos queridas. Nunca nos habló de recompensa alguna.

En fin, que cuando acababa la clase todas sentíamos unos deseos casi convulsos de que la vida nos proporcionara esas oportunidades que hicieran posible que forjáramos nuestro espíritu y consiguiéramos adornarnos con unas virtudes que a lo que se veía, eran la propia recompensa a nuestro esfuerzo.

No pretendo hacer una crítica sobre cuestiones propias de una época en que sencillamente las cosas eran así, pero sí me quedaron ideas que al pasar del tiempo, con la madurez y la experiencia, al cultivar el criterio personal y las repetidas ocasiones de practicar las enseñanzas de la madre Joaquina María, -no siempre de forma afortunada-, he podido ir identificando.

La primera es la coherencia. Los adultos somos estandarte de la incoherencia. No pueden enseñarse ese tipo de cosas como lo hacía la madre. No puedes decir que hay que saber escuchar, cuando no dejas preguntar. No puedes exigir sobreesfuerzos impropios al otro. No correr y no gritar es imposible para los niños porque es “inherente al cargo”. No debes impedirlo; pero sí puedes enseñarles cuándo sí y cuándo no. Es el respeto esencial a la condición de la otra persona.

martes, 26 de enero de 2010

HABILIDADES SOCIALES Y RECURSOS PERSONALES.

Share |




Se cree que la educación de una persona suele estar ligada a su cultura intelectual. Por ello normalmente se asocia el nivel de estudios a los buenos modales, al saber estar en todos los ámbitos de la vida. No tardamos mucho en darnos cuenta de que no es así. Un conocimiento académico no supone una mejor educación, ni es capaz de suplir la dignidad ni corrección en las relaciones personales.


Sin embargo, el saber estar, el saber ser y el saber hacer pueden sustituir sin esfuerzo un nivel intelectual escaso y solucionar positivamente gran parte de los conflictos tanto familiares, sociales, de amistad, como laborales.

Y la experiencia nos demuestra continuamente que nuestros modales nos abren mucho más fácilmente las puertas de las relaciones sociales que el currículo que podamos presentar.

Este curso hace un repaso de las actitudes humanas basadas en las cualidades para el trato social, con el fin de proporcionar a las personas la recuperación y puesta en práctica de unas habilidades sociales que redunden en la mejora notable de la convivencia a todos los niveles, tanto personal como ciudadana.

Sus destinatarios son adultos en general, y especialmente aquellos que necesitan reforzar sus habilidades personales para el desenvolvimiento de la vida cotidiana y la mejora de sus relaciones sociales.

A través de un recorrido y práctica de habilidades sociales, comunicación, imagen, la mesa, las relaciones personales... los participantes  obtendrán la formación básica y los conocimientos necesarios para el desenvolvimiento eficaz y positivo en las relaciones personales y sociales, seguridad en la forma de actuar, comunicarse de forma fluida y optimizar su imagen personal.